Como consecuencia, como muchos otros, paso más tiempo del que me gustaría en la cocina.

Durante el primer confinamiento, horneé, desenterré mis olvidados y polvorientos libros de recetas para preparar algo fácil. No soy una gran fan de la cocina, algunos dirían que soy perezosa, los fracasos figuran en lo alto de mi lista de intentos. Pasteles que no se levantan, fruta que se hunde hasta el fondo, cuando me falta algún ingrediente vital y lo sustituyo por algo que no funciona, juzgo mal el calor y quemo cosas.... necesito decir más.

Pero hace un par de semanas me topé con una receta que decía ser "pollo fácil con salsa de cebolla y ajo". Mi marido se sorprendió gratamente de que no fuera una cena congelada cuando el pollo apareció en su plato, a pesar de mi intento de sabotearla usando crema fresca en lugar de crema espesa (aparentemente un sustituto aceptable), fue un éxito... y la buena noticia es que ¡podría incluso volver a intentarlo!