En un tranquilo tramo del camino de São Lourenço, es fácil concentrarse en el momento presente: la luz del agua, el ritmo del paseo, la quietud que hace que el Algarve parezca atemporal. Y entonces, casi sin previo aviso, el pasado se interrumpe.

Justo al lado del sendero se encuentran los restos de unas cubas de salazón romanas, que datan del siglo II d.C.. Estas cubas de piedra formaban parte de una red industrial que se extendía por todo el Imperio Romano. Aquí se conservaba el pescado y se fermentaba para obtener el garum, una salsa picante que era un elemento básico de la cocina romana y un valioso producto comercial.

Los tanques estaban cuidadosamente diseñados y sellados con una mezcla impermeable de cal, arena y ladrillo triturado, diseñada para resistir la exposición constante a la sal y la humedad. En su época, eran infraestructuras prácticas más que monumentos. Eran lugares de trabajo, producción y comercio.

Casi dos mil años después, permanecen silenciosamente incrustadas en el paisaje, sin grandeza pero ricas en significado. Encuentros como éste nos recuerdan que, en el Algarve, la historia no siempre se anuncia. A veces, espera pacientemente junto al sendero, pidiendo sólo que se repare en ella.