Más investigación, más tecnología, más conocimiento. La idea parecía simple: invertir en ciencia conduciría naturalmente a un mayor crecimiento económico. Un reciente estudio de la Universidad de Minho demuestra que esta relación existe, pero dista mucho de ser automática, y en el caso de países como Portugal, resulta aún más interesante analizarla.
Los datos son claros. Las regiones europeas donde la ciencia está en el centro de la innovación tienen niveles de productividad más altos, y las empresas más fuertes son capaces de crecer aún más en este entorno. A primera vista, esto confirma el camino seguido por muchas políticas públicas. Sin embargo, el mismo estudio revela una cara menos evidente. No todas las empresas se benefician de la misma manera. Las menos preparadas, con menos capacidad tecnológica u organizativa, tienen dificultades para seguir el ritmo de estos ecosistemas más exigentes y, en algunos casos, acaban quedándose aún más rezagadas.
Esto cambia la forma en que debemos considerar la innovación en Portugal. Como parte del sur de Europa, el país se ha desarrollado históricamente no sobre la base de una ciencia intensiva, sino más bien a través de la adaptación, la creatividad y la capacidad de aplicar conocimientos procedentes del extranjero. Durante mucho tiempo, este modelo se consideró un signo de atraso. Hoy empieza a percibirse de otra manera. No como un problema, sino como una etapa que puede evolucionar.
Lo que sugiere el estudio es que el verdadero valor está en la combinación. No basta con producir conocimientos; es esencial saber utilizarlos. Las regiones que consiguen vincular la ciencia a la aplicación práctica suelen obtener mejores resultados con el paso del tiempo. Y es precisamente aquí donde Portugal aún tiene margen de crecimiento. El país ha ido reforzando su base científica, con universidades y centros de investigación cada vez más relevantes, pero sigue habiendo una distancia entre este conocimiento y las empresas que podrían transformarlo en valor económico.
Esta distancia no puede resolverse sólo con más inversión. Requiere un cambio en el funcionamiento de las empresas y en su relación con la innovación. La capacidad de absorber conocimientos pasa a ser fundamental. Las empresas que consiguen integrar nuevas tecnologías e ideas en sus procesos son las que más se benefician. Las demás, aunque estén rodeadas de ciencia, acaban por no poder seguir el ritmo.
Por eso el debate no debe centrarse sólo en la ciencia, sino también en la conexión. Conexión entre universidades y empresas, entre investigación y mercado, entre conocimiento y ejecución. Portugal no tiene por qué competir con los mayores centros científicos de Europa, pero sí debe asegurarse de que lo que produce se utiliza eficazmente.
En el fondo, la innovación no consiste sólo en crear algo nuevo. Es ser capaz de transformar esa novedad en crecimiento real. Y en este sentido, quizá la mayor ventaja de Portugal no esté en intentar replicar modelos externos, sino en construir su propio modelo, más equilibrado, más aplicado y más cercano a la realidad de sus empresas.
Porque, al final, no es la cantidad de ciencia lo que define el éxito de una economía, sino la forma en que se utiliza esa ciencia.







