Antes de 1848. Los campesinos de Ponta Delgada vendían sus productos en la plaza mayor municipal. Burros, comerciantes y todo el desorden que ello conlleva. Justo delante del ayuntamiento.
El ayuntamiento tenía otras ideas.
Así nació el Mercado da Graça. Llamado así por el cercano convento de Nossa Senhora da Graça. Un espacio dedicado a reunir a agricultores, pescadores y ganaderos bajo un mismo techo. Poner orden en el caos.
Y así ha sido desde entonces.
Lo que hoy lo hace especial es lo que crece en la propia isla. El suelo volcánico de São Miguel produce cosas que no se encuentran en ningún otro lugar de Portugal. Piñas. Chirimoyas. Ñames. Frutas exóticas junto a queso fresco local y pescado sacado del Atlántico esa misma mañana.
Los viernes y los sábados son los días para ir. Un mercado que aún comercia sin intermediarios. Directo y honesto. Como siempre ha sido.

