Cada personaje es un universo en sí mismo; todos poseen tal complejidad que el lector se siente como una mosca en la pared, observando sus vidas de cerca.

Enfrentarse a la realidad

La protagonista, Rosa, es una adolescente que se ha enfrentado a un profundo trauma y al abandono de sus padres. Se las arregla vagando entre la imaginación y el delirio, ya que enfrentarse directamente a la realidad le resulta demasiado doloroso. Rosa vivió la marcha de su madre, presenció el suicidio de su abuelo y estuvo presente cuando murió su padre. La única familia que le queda es su abuela, Antónia. Con el tiempo, Antónia se vuelve demasiado frágil y Rosa debe asumir el papel de cuidadora.

En ningún momento de la narración se presenta a Rosa como una adolescente normal, principalmente porque sus condiciones de vida no se lo permiten. Está claro que lleva el peso del mundo sobre sus pequeños hombros, y aunque esto significa madurez para ella, para el lector es como si estuviéramos presenciando el comienzo de una vida condenada al fracaso por su falta de infancia.

Por muy bien escrito que esté el libro, es importante señalar que no es una lectura fácil. Temas como la pobreza, el hambre, la violencia sexual, la manipulación y la pederastia plantean retos importantes, dejando al lector inquieto por las vívidas descripciones de una realidad difícil que a menudo se pasa por alto.

A lo largo de la historia, Rosa tiene un único objetivo: llevar a su abuela a Jerusalén antes de que llegue la hora de su muerte. Sin dinero y con una abuela cuya salud es extremadamente frágil, le quedan pocas opciones, aparte de pedir ayuda a la única persona adinerada que conoce: la dueña del pueblo vecino, la señorita Whittemore.

El personaje de Miss Whittemore aparece en la trama como un contraste directo con la realidad de Rosa. Es una dama inglesa cuya fortuna le ha permitido comprar un pueblo entero. Vive en una mansión lo suficientemente grande como para albergar a todos los habitantes del pueblo y está marcada por una excentricidad tan grande como la fortuna que posee.

Duerme en una cama hecha de huesos de ballena, viste de forma estridente y su principal entretenimiento es participar en conversaciones eruditas, creyendo que ella también es capaz de mantenerlas.

La señorita Whittemore paga un sueldo a un maestro hindú, a un hechicero yoruba y a un profesor de ciencias, y les obliga a reunirse en su mansión para hablar de los temas más variados, pues, para ella, no hay nada más enriquecedor.

Un acto de amor

En un acto de amor y desesperación, Rosa se dirige al pueblo de la inglesa para proponerle una idea aparentemente descabellada: llevar Tierra Santa a su abuela. Para llevar a cabo su plan, la ayuda de la señorita Whittemore sería esencial. Rosa pide a la inglesa que transforme su pueblo en Jerusalén, que vista a su personal con trajes de época y que cumpla así el último deseo de la anciana católica.

A la señorita Whittemore la idea le parece brillante y acepta de buen grado ayudar.

Lo que para ella sería otra excelente forma de pasar el tiempo, para Rosa significaba, por primera vez en su vida, tener el poder de alterar su destino; un destino al que había sido condenada por su infancia y su desafortunada situación geográfica.

Lo que siguió a este acuerdo entre la joven y la dama inglesa fue, para mí, una de las partes más desafiantes de la narración.

A partir de ahí, se desarrolla una compleja relación entre Rosa y el anciano científico empleado por la señorita Whittemore, el profesor Borja. Como miembro del personal de la inglesa, el profesor se involucra en el plan para convertir el pueblo en Tierra Santa, lo que le permite interactuar más estrechamente con Rosa.

Créditos: TPN; Autora: Iris Marçal;

Por su edad e inteligencia, el profesor Borja consigue ganarse la confianza y el afecto de Rosa, lo que desemboca en una relación sexual entre ambos. Aunque estos encuentros son importantes para la historia, sólo pude verlos como profundamente perturbadores y preocupantes.

Hay que tener en cuenta que, en esta fase de la narración, Rosa sólo tiene 15 años, mientras que el profesor Borja ya ha superado los 70.

Un romance paralelo

En contraste, hay un romance paralelo entre Rosa y el joven pastor Ari, que tiene la misma edad que ella, y que, en mi opinión, subraya aún más lo errónea que es la relación entre el anciano y la joven.

Un sacerdote de la historia es retratado como un depravado. Admite abiertamente sentir deseo sexual por Rosa y mantiene en secreto una relación sexual con una stripper local. Le pide que le inflija dolor utilizando cinturones, látigos o cualquier cosa que cause cicatrices. En público, parece seguir una estricta moral religiosa, pero en privado, se entrega a su fetiche del castigo.

Hasta que la narración alcanza su clímax, el recorrido de lectura es vil y tortuoso, pero, como se ve al final del libro, necesario.

El plan de Rosa se lleva a cabo con éxito; su abuela es llevada a Tierra Santa sin salir nunca del Alentejo y, por unos instantes, la historia parece tomar un cariz más ligero y feliz, sensación que, por desgracia, dura menos de una página.

Complejidad de los personajes

Sin querer desvelar mucho más de la trama, ya que creo que este libro merece la pena ser leído y me gustaría que los futuros lectores sacaran sus propias conclusiones, debo decir que no considero que el final de la historia sea un final feliz. Es cierto que este libro no es un cuento de hadas, sino más bien un espejo de la vida real. En la vida real, los finales rara vez son felices, como rara vez hay felicidad al final de una historia.

Al final, curiosamente, es donde uno se da cuenta plenamente del origen de la naturaleza y la complejidad de los diversos personajes presentados, del mismo modo que se confirma que el destino de Rosa no pudo ser alterado por su propia voluntad, sueños y deseos, ya que, como todos nosotros, Rosa es y será siempre un producto del entorno en el que creció.

En resumen, creo que esta obra de Afonso Cruz capta perfectamente la dura realidad de crecer en un entorno rural donde los recursos son limitados, y muestra a los lectores que, en la sociedad, la religiosidad, la moral, la hipocresía y la crueldad humana no son conceptos individuales, sino un conjunto de características que, juntas, conforman al ser humano como un todo.