Portugal tiene unas condiciones únicas en Europa. Producimos cerca del 80% de nuestra energía a partir de fuentes renovables, algo que muchos países están aún lejos de alcanzar. Ante esta realidad, sería natural esperar una estrategia más ambiciosa, más integrada y con una visión a largo plazo de la movilidad eléctrica. Pero seguimos actuando de forma reactiva, con incentivos ocasionales que aparecen y desaparecen, sin crear una verdadera transformación.
El nuevo programa sigue exactamente esta lógica. Otros 20 millones de euros, unas 2.500 ayudas, 4.000 euros por vehículo. Y, como ha ocurrido antes, es previsible que se agote rápidamente. No se trata de un problema de exceso de demanda; es una señal clara de que el mercado está preparado, pero el sistema no da abasto.
Lo cierto es que seguimos tratando los síntomas y no la causa.
Si realmente quisiéramos cambiar el paradigma, el camino tendría que ser otro. Un sistema estructurado de beneficios fiscales, por ejemplo, incentivaría a quienes instalen paneles solares para autoconsumo y carga de vehículos eléctricos. Reducción o eliminación del IVA en la compra de vehículos eléctricos y soluciones de movilidad. Incentivos directos en el IRS que harían accesible esta transición a una base más amplia de la población. Se crearía así un verdadero ecosistema, en el que la energía, la movilidad y la vivienda estarían conectadas de forma natural.
Y este ecosistema acabaría generando beneficios. Más actividad económica, más inversión, más empresas operando en este sector y, por supuesto, más ingresos fiscales a través de la IRC y de toda la economía asociada. En lugar de eso, seguimos funcionando casi como un sistema de emergencia, con medidas que ayudan de momento, pero que no resuelven estructuralmente el problema.
También hay una cuestión de acceso que no se puede ignorar. Incluso con las ayudas, el coste de entrada al vehículo eléctrico sigue siendo elevado para una gran parte de la población. Esto limita el impacto de estas medidas y crea una transición desigual, concentrada en aquellos que ya tienen la capacidad financiera para dar este paso.
Es cierto que el programa también incluye incentivos para cargadores, bicicletas y otras formas de movilidad eléctrica, lo cual es positivo. Demuestra cierta conciencia de que el futuro no pasa sólo por el coche. Pero, una vez más, falta dimensión. Falta continuidad.
Portugal lo tiene todo para liderar en este ámbito. Energía limpia, dimensión territorial adecuada, ciudades con capacidad de adaptación y una población cada vez más concienciada. Lo que falta no son condiciones. Es una visión integrada.
Básicamente, este nuevo apoyo confirma algo importante. La demanda está ahí. La gente quiere cambiar. Quieren soluciones más sostenibles y están dispuestos a dar ese paso.
La cuestión es si estamos creando las condiciones para mantener este ritmo o si seguiremos reaccionando con medidas puntuales que solucionan lo inmediato pero dejan sin hacer lo estructural.
Porque más que alentar, el verdadero reto es construir un sistema.
Y para eso falta escala.






