Ha atraído inversiones, revitalizado ciudades, creado puestos de trabajo, dado a conocer a Portugal a nivel internacional y contribuido a transformar sectores enteros de la economía. Pero hay una realidad de la que se habla menos: a pesar de su gran importancia, el turismo nunca ha logrado resolver uno de los mayores retos estructurales del país: la productividad. Portugal sigue siendo una economía que produce menos valor por trabajador que muchas de las economías con las que compite, y mientras esto no cambie, los salarios difícilmente estarán a la altura de las ambiciones de un país moderno y competitivo. Es precisamente aquí donde la inteligencia artificial puede suponer un cambio histórico.
Por primera vez en décadas, Portugal se enfrenta a una oportunidad que no depende de su tamaño geográfico, su mercado interior o su ubicación periférica. La inteligencia artificial está creando una nueva economía en la que el principal recurso ya no es la proximidad física a los mercados, sino la capacidad de generar conocimiento, desarrollar tecnología y gestionar infraestructuras digitales avanzadas. Y, para sorpresa de algunos, Portugal cumple varias de las condiciones necesarias para beneficiarse de esta transformación: universidades capaces de formar talento altamente cualificado, empresas tecnológicas cada vez más internacionales, centros de investigación reconocidos, una capacidad energética creciente basada en fuentes renovables y claros indicios de atracción de inversión en centros de datos, informática avanzada e infraestructuras digitales.
Lo más interesante es que la inteligencia artificial no solo está creando un nuevo sector económico, sino que está transformando todos los sectores existentes. La agricultura utiliza la IA para optimizar la producción, la sanidad para mejorar el diagnóstico, la industria para aumentar la eficiencia, la energía para gestionar redes complejas, el sector inmobiliario para analizar los mercados, la banca para reducir el riesgo y la logística para optimizar las operaciones. Esto significa que la inteligencia artificial puede aumentar la productividad de toda la economía portuguesa, y no solo de un conjunto limitado de empresas tecnológicas.
Por supuesto, hay riesgos. Algunos puestos de trabajo cambiarán, otros desaparecerán y se necesitarán nuevas competencias. Pero la historia económica demuestra que los países que adoptan grandes transformaciones tecnológicas tienden a crear más riqueza que aquellos que se resisten a ellas. Quizás por eso la verdadera pregunta no es si la inteligencia artificial transformará a Portugal, sino si Portugal será capaz de posicionarse entre quienes desarrollan la tecnología o entre quienes simplemente la consumen.
En los últimos meses, hemos visto anuncios de nuevos centros tecnológicos, inversiones en informática, proyectos relacionados con centros de datos e iniciativas de formación especializada. Son señales importantes: demuestran que el país está empezando a ser visto como algo más que un destino turístico o un mercado periférico y que existe potencial para participar en una de las mayores transformaciones económicas del siglo.
El turismo seguirá siendo fundamental para Portugal. Pero difícilmente podrá por sí solo aumentar la productividad nacional, retener el talento altamente cualificado o crear una economía basada en el conocimiento a la escala necesaria. La inteligencia artificial sí puede —y quizá esta sea la oportunidad más importante que tiene Portugal por delante—. Porque el futuro no lo construirán solo quienes reciben visitantes, sino quienes crean valor a través del conocimiento. Y, por primera vez en mucho tiempo, Portugal es capaz de hacer precisamente eso.




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