No tenemos petróleo, no contamos con grandes reservas minerales y no tenemos el tamaño de los principales mercados europeos. Pero esta idea hace tiempo que dejó de tener sentido. Portugal cuenta con un recurso valioso, competitivo y reconocido internacionalmente. Se llama talento.

Cada año, las universidades portuguesas forman a miles de profesionales altamente cualificados en los ámbitos de la ingeniería, la tecnología, la salud, la gestión, la investigación y la ciencia. Las empresas multinacionales que se han establecido en el país suelen confirmar la calidad de nuestros profesionales. Los centros tecnológicos internacionales que eligen Portugal lo hacen precisamente porque encuentran aquí competencias, conocimientos y capacidad de adaptación.

El problema nunca ha sido la falta de talento. El problema es lo que ocurre después de que nos graduamos.

Durante décadas, nos hemos acostumbrado a presenciar un fenómeno casi normalizado. Muchos de los jóvenes más cualificados buscan oportunidades fuera del país. Algunos se marchan porque encuentran mejores salarios. Otros, porque encuentran proyectos más ambiciosos, una mayor progresión profesional o ecosistemas más dinámicos. La verdad es que una parte significativa de la inversión que Portugal realiza en la formación de su población acaba beneficiando a otras economías. Y eso debería preocuparnos mucho más de lo que nos preocupa.

En un mundo cada vez más dominado por la tecnología, la inteligencia artificial y la innovación, el talento se ha convertido en uno de los activos más codiciados a escala global. Los países ya no compiten únicamente por la inversión. Compiten por las personas. Compiten por el conocimiento. Compiten por la capacidad de crear valor.

Precisamente por eso los cambios demográficos identificados por varios estudios internacionales representan un reto tan importante. Europa está envejeciendo. La escasez de profesionales cualificados va en aumento. Y las empresas buscan cada vez más ubicaciones que puedan garantizar el acceso al talento.

Paradójicamente, Portugal se encuentra en una posición privilegiada para beneficiarse de esta tendencia. Forma a profesionales cualificados y ofrece calidad de vida, seguridad, clima y estabilidad. Estos son factores que hacen que el país resulte atractivo para vivir y trabajar. El crecimiento de la economía digital, los polos tecnológicos, los servicios globales y la inteligencia artificial está creando nuevas oportunidades para revertir una realidad que durante muchos años parecía inevitable. Pero esto requiere algo más que esperanza.

Requiere mejores condiciones para que las empresas crezcan. Requiere una administración pública más eficiente. Requiere viviendas asequibles para los jóvenes profesionales. Exige salarios acordes con las cualificaciones adquiridas. Requiere una economía capaz de crear más valor añadido.

El reto ya no es solo evitar que los portugueses se marchen. El verdadero reto es crear las condiciones para que más personas elijan quedarse y para que otras elijan venir. Porque el talento ya existe. El mundo lo sabe. Los inversores lo saben. Las empresas internacionales lo saben.

Quizás ha llegado el momento de que Portugal también lo crea. Porque, al fin y al cabo, el recurso más valioso del país no está bajo tierra, ni en las infraestructuras, ni siquiera en la energía. Sigue siendo lo que entra cada día en un aula, un laboratorio, una empresa o una universidad.

Y es precisamente este recurso el que ya no podemos seguir viendo salir por la puerta del aeropuerto.