Tenemos el potencial para crecer, para atraer inversiones, para liderar en los ámbitos de la energía, la tecnología, la innovación e incluso el talento. El problema es que esta conversación lleva ya tanto tiempo en marcha que ha dejado de sonar a ambición y ha empezado a parecer una excusa. Porque la incómoda verdad es esta: el obstáculo de Portugal nunca fue la falta de recursos, ubicación, talento u oportunidades. Fue, casi siempre, la incapacidad de convertir todo esto en hechos.
Y los hechos, nos gusten o no, están a la vista. En los últimos años, Portugal ha ganado relevancia en energías renovables, ha atraído inversión internacional en sectores tecnológicos, ha entrado en el radar de la inteligencia artificial y los centros de datos, ha visto cómo sus universidades y centros de investigación se han consolidado y ha empezado a ser elegido por empresas globales para instalar operaciones y equipos especializados. En otras palabras, sería una pereza intelectual seguir argumentando que el país no está en condiciones de competir. La pregunta seria ya no es si Portugal puede. Es que sigue llegando tarde con tanta frecuencia.
Portugal tiene energía en un momento en que la energía es un activo estratégico. Hay talento cuando el talento es uno de los activos más buscados del mundo. Hay calidad de vida cuando los profesionales cualificados pueden trabajar desde casi cualquier lugar. Cuenta con una ubicación, estabilidad y condiciones que muchos mercados desearían tener. En muchos sentidos, tiene exactamente lo que el mercado busca. Y, sin embargo, sigue atascado en procesos lentos, burocracias interminables, decisiones pospuestas y la vieja tentación nacional de debatir hasta la saciedad lo que otros deciden ejecutar. Quizás por eso, a veces, los inversores extranjeros parecen creer más en Portugal que los propios portugueses.
Esto no implica negar los problemas, ni pretender que la productividad, la vivienda, la administración pública o la retención del talento ya no sean cuestiones graves. Lo son. Pero ninguna de estas debilidades cambia lo esencial: Portugal tiene hoy más condiciones para crecer que las que tenía hace veinte años. La energía existe. El talento existe. La inversión existe. La tecnología existe. Y también las oportunidades. Lo que falta, con demasiada frecuencia, es coordinación, rapidez y, quizás más que eso, una ambición práctica que cambie las palabras por decisiones.
Y ahí es donde reside el verdadero riesgo. Portugal ya no corre el peligro de quedarse sin oportunidades. Existe un peligro, mucho más portugués, de reconocerlas todas y aprovechar solo algunas a tiempo. Sería una ironía casi ridícula que un país con tanto potencial siguiera viéndose frenado no por la falta de recursos, sino por esta combinación fatal de lentitud, costumbre y falta de confianza en sí mismo. En el fondo, quizá el problema nunca fue el futuro. Quizá siempre ha sido la forma en que nos empeñamos en posponerlo.








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