Coger un vuelo nocturno desde Viena y llegar a Faro justo antes de medianoche tiene su magia. Es como viajar entre dos mundos, desde el animado ambiente de Viena y su gran aeropuerto a la apacible calma de Faro, donde el aeropuerto parecía casi vacío, sobre todo porque nuestro vuelo fue probablemente el último en llegar.
Esta vez, los colores de la puesta de sol añadieron aún más a la experiencia. Contemplar cómo el sol desaparecía lentamente por debajo del horizonte en el aeropuerto de Viena aumentó la atmósfera, mientras que llegar a Faro y a la Ría Formosa en completa oscuridad, con innumerables luces debajo, fue igualmente memorable. A veces, el propio viaje se convierte en parte de la aventura.






