Cuando observamos el país en este momento, vemos claros signos de madurez económica. No nos limitamos a reaccionar ante oportunidades puntuales. Estamos estructurando un nuevo modelo de crecimiento que integra tecnología, energía, innovación, talento y territorio. Este modelo no depende de un solo sector ni de una sola geografía. Es una construcción sistémica.

Las inversiones internacionales que llegan a Portugal son cada vez más estratégicas. Se trata de proyectos a largo plazo, con un fuerte componente tecnológico, un alto nivel de exigencia normativa y un impacto directo en la creación de valor cualificado. Estos proyectos requieren ciudades bien organizadas, infraestructuras sólidas, espacios de trabajo avanzados y una oferta de vivienda compatible con los nuevos perfiles profesionales. El sector inmobiliario se ha convertido así en una herramienta de política económica y no sólo en un mercado financiero.

Al mismo tiempo, la economía portuguesa está adquiriendo una capacidad de recuperación que hace unos años habría sido impensable. La diversificación sectorial reduce los riesgos, la apuesta por las energías limpias aumenta la competitividad estructural, la digitalización refuerza la productividad y el talento disponible crea un círculo virtuoso de innovación.

Y lo que es más importante, este crecimiento empieza a distribuirse de forma más homogénea por el territorio. El país ya no vive solo de dos polos y empieza a funcionar como una red de ciudades, regiones y agrupaciones económicas interconectadas. Este rediseño territorial es una de las mayores oportunidades para el desarrollo nacional en las próximas décadas.

Lo que hace que este momento sea especialmente relevante es el hecho de que ahora estamos creando las condiciones para la próxima generación de empresas, profesionales e inversores. Las decisiones que se tomen hoy en materia de planificación urbana, infraestructuras energéticas, organización territorial y formación de talentos tendrán un impacto directo en el posicionamiento de Portugal en los próximos veinte o treinta años.

Portugal no sólo está creciendo. Se está reposicionando.

Asistimos a la transición de una economía de adaptación a una economía de afirmación. Una economía que no espera el futuro, sino que lo construye.

El año 2030 no es un horizonte lejano. Empieza a diseñarse ahora, en los proyectos que se lanzan, en las ciudades que se transforman y en la confianza que se instala en el mercado.

Y ese es quizás el mayor logro de este nuevo ciclo: Portugal ha vuelto a creer en sí mismo como plataforma de crecimiento, innovación y oportunidades.