El peso de las expectativas que recae sobre los hombros de la selección portuguesa es una carga pesada, a menudo asfixiante. Tras un insípido empate a 1-1 contra la República Democrática del Congo en su primer partido del Grupo K, la prensa internacional no se lo perdonó. Tanto aficionados como comentaristas expresaron su creciente inquietud, y gran parte de esa feroz negatividad se dirigió directamente a un solo hombre: Cristiano Ronaldo. Sus detractores afirmaban que el capitán, de 41 años, estaba frenando a una generación dorada, señalando una racha de diez partidos sin marcar en grandes torneos como prueba definitiva de que su legendario instinto goleador había disminuido definitivamente.
El martes 23 de junio, por la tarde, bajo el cielo abrasador de Texas, el legendario número siete dio su respuesta favorita. Portugal arrolló por 5-0 a una resistente selección de Uzbekistán en el Houston Stadium, y fue Ronaldo quien orquestó el cambio de rumbo. El capitán tardó menos de seis minutos en silenciar el estadio, al convertir un remate certero a bocajarro tras un exquisito centro de João Cancelo. El alivio en el rostro de Ronaldo era palpable, pero su noche de desafío histórico estaba lejos de haber terminado.
Justo antes del pitido del descanso, Ronaldo volvió a marcar, colocando un remate preciso en la escuadra para sumar su segundo gol de la noche y el décimo de su carrera en un Mundial. Con ello, alcanzó una vez más la inmortalidad futbolística, convirtiéndose en el primer jugador de la historia en marcar en seis ediciones diferentes del Mundial, al tiempo que superaba al emblemático Eusébio como máximo goleador de todos los tiempos de Portugal en las fases finales del Mundial.
El doblete certero de Ronaldo sentó las bases para una auténtica lección magistral del equipo. Nuno Mendes añadió un brillante gol de falta en la primera parte, un autogol de Uzbekistán amplió la ventaja y el suplente Rafael Leão remató a puerta el quinto en el minuto 87 para poner la guinda a una actuación impecable. Tras una semana de intensa histeria mediática, la selección de Roberto Martínez se mostró relajada, unida y absolutamente dominante.
La amenaza colombiana
Sin embargo, el ambiente festivo debe dar paso rápidamente a una concentración férrea. El sábado 27 de junio, Portugal viaja a Miami para enfrentarse a una Colombia en racha en el último partido de la fase de grupos. Colombia lidera actualmente el Grupo K con seis puntos perfectos, lo que supone una amenaza técnica y física muy superior a la de Uzbekistán. El choque decidirá quién se lleva el grupo y se asegura un camino teóricamente favorable en las eliminatorias.
Colombia supone un salto cualitativo enorme y un reto táctico completamente diferente a todo lo que Portugal se ha enfrentado hasta ahora. Conocidos por su feroz intensidad física y su característico estilo sudamericano, los Cafeteros se han transformado en una unidad devastadora en el contraataque. El ritmo trepidante y la habilidad de sus extremos supondrán una amenaza aterradora por las bandas, lo que significa que la zaga de Portugal —que en ocasiones pareció vulnerable durante el partido inaugural contra la República Democrática del Congo— se enfrentará a una prueba implacable de 90 minutos que pondrá a prueba su disciplina estructural.
Además, la batalla en el centro del campo en Miami promete ser una auténtica guerra de desgaste. Colombia se nutre de un sistema agresivo de presión alta diseñado para asfixiar a los motores creativos del rival y forzar pérdidas de balón en zonas peligrosas. Esto pondrá a prueba a fondo la capacidad de Portugal para salir con seguridad desde la zaga, lo que exigirá una resistencia impecable a la presión por parte de jugadores como Vitinha y João Neves. Si los hombres de Roberto Martínez son capaces de igualar el físico de Colombia, al tiempo que se muestran letales de cara a la portería, podrían acabar primeros del grupo.








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