Ver que Portugal ocupa el sexto puesto a nivel mundial y se sitúa entre los tres primeros de Europa de un total de 54 países no es solo una buena noticia para el sector industrial. Es otra señal de que el país está empezando a ser reconocido por factores mucho más relevantes que el simple coste de producción. En un mundo marcado por la incertidumbre geopolítica, las tensiones comerciales y unas cadenas de suministro más vulnerables, las empresas buscan estabilidad, previsibilidad y capacidad de respuesta. Y ahí es precisamente donde Portugal empieza a destacar.

En mi opinión, este resultado debe considerarse la consecuencia de una tendencia que llevo siguiendo desde hace varios años. La inversión internacional que llega a Portugal ya no busca únicamente reducir costes. Busca talento cualificado, energía competitiva, infraestructuras modernas, conexión con los mercados europeos y un entorno empresarial capaz de respaldar proyectos a largo plazo.

Es interesante observar que muchos de los sectores que despiertan mayor interés hoy en día son precisamente aquellos sobre los que hemos estado escribiendo: energía, centros de datos, telecomunicaciones, industria tecnológica, logística, inteligencia artificial y nuevas cadenas industriales. Todo ello está directamente relacionado con el fenómeno del «nearshoring» y con la necesidad de las empresas de acercar la producción a los mercados en los que operan.

Pero esta posición destacada también conlleva responsabilidades. Estar entre los mejores destinos del mundo significa que la competencia irá en aumento. No basta con atraer inversiones. Es necesario garantizar la disponibilidad de suelo industrial, agilizar los procesos de concesión de permisos, contar con una infraestructura energética sólida, formar al talento y ser capaces de responder a la rapidez con la que estas empresas toman decisiones.

Lo que considero más positivo de este estudio es el cambio de percepción sobre Portugal. Durante décadas, intentamos convencer al mundo de que éramos un buen lugar para invertir. Hoy en día, son los propios estudios internacionales los que sitúan al país entre los mercados más atractivos para acoger nueva capacidad industrial.

Quizás esto debería llevarnos a ver a Portugal con otros ojos. El país ya no compite únicamente en función del coste de producción. Empieza a competir por la confianza que transmite a los inversores. Y, en un contexto internacional cada vez más incierto, esta puede ser la ventaja competitiva más valiosa de todas.