La finalización de la instalación de la mayor unidad de producción de hidrógeno verde de Europa, por Galp, en Sines, es una de estas noticias. No porque sea simplemente "la más grande", sino porque marca el paso definitivo entre el discurso y la ejecución en una de las áreas más críticas de la transición energética europea.

Durante años se ha hablado del hidrógeno verde como la tecnología del futuro. Un vector esencial pero lejano, dependiente de subvenciones, madurez tecnológica y difíciles decisiones políticas. Lo que está ocurriendo en Sines demuestra exactamente lo contrario: el hidrógeno verde empieza a asumirse como una infraestructura industrial, integrada en las cadenas de valor existentes y con un claro impacto en la reducción de emisiones.

La nueva unidad de electrólisis, con 100 MW de capacidad instalada, producirá hasta 15 mil toneladas de hidrógeno renovable al año, sustituyendo aproximadamente el 20% del hidrógeno gris utilizado actualmente en la refinería. Esto se traduce en una reducción estimada de 110.000 toneladas de emisiones de CO₂ al año. Estas cifras, más que simbólicas, sitúan a Portugal en una posición muy concreta en el mapa europeo de la descarbonización industrial.

Pero la verdadera importancia de este proyecto va más allá de los claros beneficios para el medio ambiente. Confirma a Sines como uno de los grandes nodos estratégicos del nuevo sistema energético ibérico y europeo. Abundante energía renovable, infraestructuras portuarias, capacidad industrial instalada, conexión con los mercados internacionales y ahora producción de moléculas verdes a escala industrial. Pocos lugares en Europa reúnen esta combinación y es otra oportunidad para Portugal de afirmarse en un nuevo mundo.

También hay aquí una lectura geopolítica y económica que no debe ignorarse. Europa necesita, y no puede esperar más, reducir urgentemente su dependencia exterior en energía y materias primas críticas. Proyectos como éste demuestran que es posible reindustrializar, descarbonizar y mantener la competitividad, siempre que haya visión, escala y capacidad de ejecución. La inversión de 650 millones de euros, que incluye también unidades SAF y HVO, apunta precisamente en esta dirección: crear una nueva generación de combustibles bajos en carbono para sectores de difícil electrificación, como la aviación, el transporte marítimo y el transporte pesado por carretera.

Es especialmente pertinente subrayar la dimensión internacional de este ecosistema que hoy converge en Portugal. Los módulos de electrólisis, desarrollados por Plug Power, producidos en los Emiratos Árabes Unidos e integrados en Sines, ilustran bien cómo el país se afirma como plataforma de ejecución en un mercado energético profundamente globalizado. Portugal deja de ser sólo un destino final y se convierte en un punto de articulación entre tecnología, capital, industria y energía, en un contexto en el que las cadenas de valor ya no conocen fronteras y en el que la capacidad de ejecución es tan decisiva como la capacidad de innovación.

En mi opinión, este proyecto representa un cambio de fase. Portugal deja de ser sólo un país con un buen potencial renovable y se convierte en un país que transforma este potencial en activos industriales concretos. Y esto tiene un impacto directo en la atracción de inversiones, en la creación de empleo cualificado, en la valorización de las infraestructuras e incluso en el posicionamiento inmobiliario industrial y logístico asociado a estos nuevos clusters energéticos.

El hidrógeno verde en Sines no es sólo un avance tecnológico. Es una declaración estratégica. Y, lo que es más importante, es la prueba de que cuando hay decisión, escala y ejecución, Portugal puede estar a la vanguardia de las grandes transformaciones europeas.