Empezamos hablando de la falta de viviendas, los precios de la vivienda, la concesión de licencias y las dificultades para construir. Como tantas otras conversaciones que tienen lugar hoy en día por todo el país.
Pero a medida que avanzaba el debate, quedó claro que el verdadero problema no residía únicamente en la construcción. El verdadero problema es que Portugal ya no habla un mismo idioma.
El Algarve es quizás el mejor ejemplo de esta realidad. Estamos hablando de una región con dieciséis municipios. Dieciséis formas diferentes de interpretar el desarrollo. Dieciséis Planes Generales Municipales que, a pesar de ajustarse al mismo marco legal, han evolucionado de manera diferente y responden a prioridades distintas. En muchos casos, lo que se puede hacer en un municipio ya no es posible a pocos kilómetros de distancia.
Hoy en día, los inversores no se fijan en las fronteras administrativas. Las empresas tampoco. Y la gente, mucho menos. Porque quienes buscan crear una empresa, desarrollar un proyecto inmobiliario o generar empleo ven el Algarve como una región. No distinguen dónde termina un municipio y dónde empieza otro. Sin embargo, siguen encontrándose con trámites distintos, interpretaciones diferentes y plazos de decisión totalmente distintos.
A esto se suma otro problema del que rara vez se habla. Muchos municipios carecen hoy en día de los recursos humanos o de las herramientas tecnológicas necesarias para seguir el ritmo al que ha cambiado el mercado. Los retos son mayores, los proyectos más complejos y los requisitos legales más exigentes. A pesar del enorme esfuerzo de los técnicos municipales, lo cierto es que los municipios se han quedado rezagados con respecto a las necesidades actuales.
A esto se suma la complejidad institucional. Un proceso depende del ayuntamiento, pero también de la CCDR, la APA y otras entidades sectoriales. Cada dictamen condiciona al siguiente, cada decisión depende de otra decisión y, a menudo, nadie tiene la capacidad de asumir un liderazgo efectivo del proceso. El resultado es conocido por todos: retrasos, incertidumbre y pérdida de oportunidades.
Tampoco podemos ignorar otro factor que sigue teniendo repercusiones. Durante varios años, la política nacional de ordenación del territorio favoreció una visión extremadamente restrictiva de la ampliación de los Planes Generales Municipales. La intención de proteger el territorio era legítima, pero su aplicación acabó limitando la capacidad de muchos municipios para responder al crecimiento demográfico, a la inversión y a las nuevas necesidades económicas. Hoy sentimos las consecuencias de esas decisiones.
En mi opinión, quizá haya llegado el momento de pensar de otra manera.
Si debatimos la movilidad a escala regional, si planificamos las redes energéticas a escala regional y si promovemos estrategias de desarrollo económico para regiones enteras, ¿por qué seguimos planificando la vivienda, los terrenos industriales y las infraestructuras esenciales casi exclusivamente dentro de los límites administrativos de cada municipio?
Quizá Portugal necesite dar un paso que otros países ya han dado hace mucho tiempo: crear auténticas agencias de desarrollo regional, con capacidad para coordinar las estrategias económicas, de vivienda y territoriales entre los municipios de cada región. No para restar autonomía a los municipios, sino para crear una visión común de lo que realmente importa.
Porque el talento, las empresas y la inversión no eligen municipios. Eligen regiones donde haya calidad de vida, movilidad, vivienda, infraestructuras, energía y capacidad de decisión. Básicamente, eligen territorios donde todos trabajan por un mismo objetivo.
Esa fue quizás la principal conclusión de aquella conversación en el Algarve. Portugal no solo adolece de una falta de vivienda. Adolece de una falta de coordinación. Y mientras cada entidad siga hablando un idioma diferente, nos resultará difícil construir las ciudades y los territorios que el país necesita.
El día en que volvamos a hablar todos el mismo idioma, quizá descubramos que muchas de las soluciones ya estaban delante de nosotros. Simplemente, nunca tuvimos la capacidad de construirlas juntos.








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