No siempre es fácil encontrar ejemplos que combinen visión medioambiental, viabilidad económica y capacidad real de ampliación. SeaForester es uno de esos raros casos y, por ello, merece atención.
Fundada en 2016, SeaForester nació de una simple e inquietante constatación: los bosques de algas, el mayor ecosistema vegetal marino del planeta, están desapareciendo a un ritmo alarmante. Estos bosques submarinos son fundamentales para la biodiversidad, la captura de carbono, la calidad del agua y la regeneración de las poblaciones de peces. Su pérdida no es sólo un problema medioambiental, sino también económico y social a largo plazo.
Lo que hace especialmente interesante a SeaForester es la forma pragmática en que ha decidido abordar un problema de enorme envergadura. En lugar de soluciones muy complejas y caras, ha desarrollado un método sencillo, reproducible y eficaz: cultivar algas en pequeñas rocas naturales, en viveros en tierra, y luego esparcirlas por el fondo marino desde barcos pesqueros. Sin buceadores, sin maquinaria pesada, sin grandes impactos. Una solución elegante a un problema complejo.
Portugal no aparece aquí por casualidad. La empresa tiene su sede en una región donde estos bosques prácticamente han desaparecido y ha obtenido los permisos necesarios para iniciar su recuperación. Hoy, con un equipo internacional de biólogos marinos y expertos en la empresa, SeaForester trabaja en varias partes de la costa portuguesa, con resultados especialmente alentadores en la zona de Guia, en Cascais, donde plantas de casi dos años ya están totalmente fijadas y se reproducen de forma natural.
Este es un buen ejemplo de cómo puede funcionar la economía azul cuando deja de ser sólo palabrería. SeaForester no se limita a hablar de impacto, lo mide, informa sobre él y construye modelos de colaboración con municipios, empresas e instituciones que quieren invertir en la recuperación de los océanos con resultados concretos.
El apoyo de BlueInvest, la plataforma europea de inversión e innovación para la economía azul, fue un punto de inflexión. A través del programa de apoyo a la captación de capital, la empresa pudo recaudar 1,6 millones de euros de socios como WWF y Schmidt Marine Technology Partners. Más que financiación, este apoyo ayudó a estructurar una visión de escala, algo esencial cuando hablamos de restauración de ecosistemas.
El siguiente paso es ambicioso y tiene mucho sentido: la expansión internacional. SeaForester está preparando nuevas rondas de financiación y desarrollando viveros móviles que permitan llevar este modelo a otras geografías. En colaboración con empresas noruegas, también está trabajando en variedades de algas más resistentes a diferentes temperaturas, anticipándose a un océano cambiante.
Para mí, este es un claro ejemplo de cómo Portugal puede estar en el centro de las soluciones globales sin perder la conexión con el territorio. La economía azul no es un concepto abstracto. Es ciencia aplicada, es innovación, inversión y es responsabilidad intergeneracional. SeaForester demuestra que recuperar el mar no solo es posible. Puede ser una estrategia económica seria, escalable y con impacto real.








