Pero el verdadero impacto de este acontecimiento va mucho más allá de los escombros visibles. Para quienes siguen de cerca el mercado inmobiliario, estaba claro que no se trataba sólo de un fenómeno meteorológico extremo, sino de una verdadera prueba de resistencia del parque inmobiliario nacional y de la forma en que evaluamos el riesgo y el valor en Portugal.
Durante años, el riesgo climático se ha tratado como un tema secundario, casi académico, presente en los informes de sostenibilidad y en los requisitos normativos europeos. Kristin puso fin a esa etapa. La vulnerabilidad física de los edificios ha tenido implicaciones directas en su financiabilidad, el coste de los seguros y el valor de mercado. En un país donde la mayoría de los edificios se construyeron antes de 1990, para un clima diferente y con normas técnicas menos exigentes, esta realidad no puede ignorarse. Cuando un bien sufre daños estructurales o tiene dificultades para mantener una cobertura de seguro adecuada, el impacto ya no es sólo técnico, sino financiero.
Al mismo tiempo, asistimos a otro fenómeno menos visible pero igualmente relevante: el riesgo de transición. Los bancos y los inversores prestan cada vez más atención a la eficiencia energética, la resiliencia y la adaptabilidad de los activos. Los edificios con un bajo rendimiento energético o sin planes claros de rehabilitación empiezan a verse penalizados en el precio. El llamado descuento aplicado a los activos menos eficientes es ya una realidad en varios mercados europeos y Portugal no será una excepción. El mercado está diferenciando cada vez más claramente entre activos resistentes y activos vulnerables.
Sin embargo, no veo este escenario sólo en tonos grises. Al contrario. La tormenta trajo un choque de realidad que puede acelerar decisiones que ya eran necesarias. Portugal tiene hoy acceso a fondos europeos, incentivos a la rehabilitación, reducción del IVA en determinadas obras y una nueva generación de promotores y gestores mucho más conscientes de la importancia de la eficiencia y la sostenibilidad. La tecnología permite controlar el consumo en tiempo real, optimizar el rendimiento energético y reforzar las estructuras con soluciones cada vez más sofisticadas. La rehabilitación ya no es sólo una cuestión estética o de ahorro energético, sino que se ha convertido en una estrategia para proteger el valor.
El mercado inmobiliario portugués ya ha demostrado su resistencia en otras crisis. Se ha adaptado a los choques financieros, a los cambios fiscales, a los profundos cambios en la demanda internacional. Ahora se enfrenta a una nueva variable, la climática, que ha llegado para quedarse. Pero esta variable también crea oportunidades. Invertir en refuerzo estructural, eficiencia energética y planificación a largo plazo no es sólo cumplir las normas, es asegurar la competitividad futura y atraer capitales que buscan activos sólidos y preparados para un mundo más exigente.
La tormenta Kristin fue una advertencia descarnada, pero también un momento de clarividencia. El viento se ha calmado, los daños se están reparando y el mercado está reflexionando. Si se es capaz de aprender de este episodio, Portugal puede convertir una prueba de estrés en una ventaja estratégica. En un escenario de incertidumbre global, los activos que sobrevivan y evolucionen serán aquellos que integren la resiliencia como parte central de su ADN. Y ahí es precisamente donde empieza la luz al final del túnel.








