Este 17 de marzo, cuando el mundo se tiñe de verde, merece la pena mirar al sur, a la Península Ibérica, donde las raíces de la fe cristiana celta siguen siendo profundas.
Nacido en la Bretaña romana, Patricio se convirtió en el arquitecto del cristianismo "celta". A diferencia de las rígidas estructuras de la Roma continental, esta fe era rítmica, mística y profundamente conectada con la naturaleza, un espíritu compartido por las antiguas tribus gallaeci que una vez habitaron la tierra desde el río Duero en Portugal hasta el mar Cantábrico.
La conexión no es sólo espiritual; es audible. Si pasea por las históricas calles de Santiago de Compostela o por la ribera de Oporto, es posible que oiga el inconfundible zumbido de las gaitas. En Galicia y Portugal, la gaita es el alma de la música tradicional, un vínculo directo con la "cultura castreña" de la Edad de Hierro, con castros y círculos de piedra similares a los de Irlanda.
Durante siglos, el Camino Portugués ha servido de puente entre estas culturas. Los peregrinos que caminan desde Portugal hacia el santuario de Santiago de Compostela atraviesan un paisaje que a San Patricio le habría resultado muy familiar: verdes colinas bañadas por la lluvia, iglesias románicas de piedra y una devoción compartida por la "Isla de los Santos".
Dondequiera que se celebre, el mensaje del Día de San Patricio sigue siendo universal: una celebración de la resistencia, la fe y los lazos perdurables del mundo celta atlántico.
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