Pero al leer el último informe de la Agencia Internacional de la Energía sobre la inversión mundial en energía, tuve la sensación de que estamos asistiendo a un cambio mucho más profundo que cuando apareció por primera vez.
El mundo sigue necesitando energía, quizá más que nunca. La diferencia es que la prioridad ya no es sólo encontrar combustible. La prioridad pasó a ser garantizar electricidad, redes resistentes, capacidad de almacenamiento, centros de datos y acceso a los minerales que impulsan toda esta transformación tecnológica. La guerra en Oriente Medio no ha hecho sino acelerar una tendencia que ya estaba en marcha. La seguridad energética ya no es sólo una cuestión climática o de costes. Se ha convertido en una cuestión de soberanía económica y competitividad.
Aquí es precisamente donde Portugal entra en la ecuación.
Mientras muchos países europeos siguen dependiendo en gran medida de la energía importada, Portugal ha construido en los últimos años una posición que merece más atención. Hoy produce gran parte de su electricidad a través de fuentes renovables, tiene condiciones excepcionales para expandir la energía solar y eólica y goza de una situación estratégica entre Europa, África y América. Durante mucho tiempo, estas características se consideraron ventajas medioambientales. Ahora empiezan a verse como ventajas económicas.
No es casualidad que las grandes inversiones en centros de datos, inteligencia artificial e infraestructuras digitales presten cada vez más atención al mercado portugués. El informe de la Agencia Internacional de la Energía afirma que la disponibilidad de electricidad fiable y competitiva será uno de los factores que determinarán qué países liderarán la próxima fase de la economía digital.
Cuando observamos los proyectos relacionados con los centros de datos, la nube soberana, la inteligencia artificial o las nuevas infraestructuras energéticas, nos damos cuenta de que existe un hilo conductor entre todos ellos. Todos necesitan energía. Mucha energía. Y la necesitan de forma estable, predecible y sostenible.
Al mismo tiempo, la economía mundial avanza hacia cadenas de valor en las que los minerales críticos, las baterías, las redes eléctricas y la capacidad de almacenamiento adquieren más importancia que el petróleo durante el siglo XX.
Por supuesto, esto no significa que Portugal tenga el camino garantizado. La competencia internacional es enorme. Seguimos afrontando retos en materia de concesión de licencias, rapidez de ejecución de los proyectos, cualificación de los recursos humanos y capacidad de ampliación de las redes eléctricas. Pero quizás por primera vez en muchos años, las grandes tendencias mundiales están en consonancia con algunas de las ventajas naturales que posee Portugal.
Aunque muchos siguen mirando la economía portuguesa a través de la lente tradicional del turismo, la construcción o los servicios, está surgiendo una nueva realidad. El país empieza a posicionarse en una economía en la que la energía limpia, los datos, la conectividad y la tecnología serán los principales motores del crecimiento.
El mundo está cambiando las dependencias. Está cambiando la dependencia de los combustibles fósiles por la dependencia de la electricidad, las redes y la capacidad tecnológica. Y en este nuevo mapa económico mundial, Portugal puede desempeñar un papel mucho más relevante de lo que muchos imaginan.
La oportunidad existe. La cuestión, como tantas veces, será nuestra capacidad para aprovecharla.









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