En un momento en que Europa intenta afirmarse tecnológicamente en un mundo cada vez más fragmentado, la verdadera prueba ya no es sólo querer, sino saber cómo llegar.

Cuando leí que el Ministro de Economía reconocía públicamente que "no es fácil tener esta gigafactoría en Portugal", no lo vi como un signo de debilidad. Vi realismo. Y, sobre todo, vi un paso importante hacia un enfoque más adulto de la política industrial y tecnológica europea. La gigafactoría de inteligencia artificial que la Comisión Europea pretende financiar no es un proyecto simbólico ni un trofeo político. Tiene una infraestructura pesada, intensiva en capital, energía, talento, datos y escala. Y esto requiere decisiones que no siempre se ajustan a las rígidas fronteras nacionales.

En mi opinión, Portugal tiene hoy muchos de los ingredientes adecuados. Energía renovable competitiva, proyectos estructurantes en curso, un posicionamiento geográfico estratégico, activos como Sines y una creciente reputación como país estable y fiable. Pero también es evidente que, cuando el criterio es la escala continental, la suma de capacidades puede ser más poderosa que el esfuerzo aislado. Aquí es donde la candidatura ibérica cobra verdadero sentido.

Unir Portugal y España no diluye la ambición, la refuerza. Crea masa crítica, integra cadenas de valor, reúne centros de investigación, universidades, redes energéticas y capacidad financiera. Y envía una señal clara a Bruselas: La Península Ibérica está preparada para asumir un papel activo en el futuro tecnológico de Europa, no como periferia, sino como bloque relevante.

El anuncio de que se reforzará la candidatura portuguesa, con una mayor inversión e implicación del Banco Portugués de Fomento, va exactamente en la misma dirección. En mi opinión, más importante que ganar una carrera específica es garantizar que Portugal esté sentado en la mesa adecuada, participando en la definición de las arquitecturas tecnológicas que darán forma a la próxima década.

Incluso en un escenario en el que la gigafactoría no esté físicamente en suelo portugués, la integración en el proyecto, el diseño, la gobernanza y la cadena de valor ya representa una enorme ganancia estratégica. Hoy, el valor no está sólo en el hormigón o en los servidores, sino en la capacidad de formar parte de los ecosistemas donde se deciden la innovación, la soberanía digital y la competitividad económica.

He escrito varias veces que Portugal está aprendiendo a posicionarse como socio y no sólo como destino. En mi opinión, esta candidatura conjunta es una prueba más de ello. En energía, centros de datos, industria verde y ahora Inteligencia Artificial, empieza a consolidarse un enfoque más colaborativo, más europeo y más pragmático.

Independientemente del resultado final, este movimiento es positivo. Muestra un país que comprende que la ambición sin escala es frágil, pero que la escala construida con inteligencia, cooperación y visión a largo plazo puede ser transformadora. En mi opinión, así es como Portugal empieza realmente a ganarse un lugar en la nueva economía europea.