Hablo de Myco2Feed y CellBlue, dos iniciativas distintas, pero unidas por una visión común: transformar el conocimiento científico en soluciones concretas para un sistema alimentario más sostenible, más eficiente y de mayor valor añadido.
Myco2Feed nació con un objetivo claro: desarrollar ingredientes alternativos de alto valor nutritivo y menor impacto ambiental, utilizando la biotecnología microbiana. Se centra en la producción de micelio comestible, explorando estructuras fúngicas con potencial alimentario y acelerando su producción a escala de laboratorio e industrial.
Detrás del proyecto está DEIFIL, pionera portuguesa en biotecnología vegetal, que se ha ido posicionando como referencia nacional en innovación científica aplicada. Myco2Feed no es un ingrediente alternativo más. Es una nueva matriz alimentaria basada en la ciencia multidisciplinar, que integra la microbiología, la ciencia de los alimentos y la ingeniería de procesos, con un enfoque en la calidad, la consistencia y la aplicabilidad industrial.
Los resultados revelan ingredientes versátiles, capaces de integrar productos listos para el consumo o soluciones más elaboradas, que responden a claras tendencias del mercado: alimentación sana, sostenibilidad y eficiencia productiva.
Al mismo tiempo, el proyecto CellBlue sitúa a Portugal en un territorio aún más ambicioso: la biotecnología azul celular. Promovido por Cell4Food - Cellular Culture, empresa portuguesa dedicada a la agricultura celular aplicada a especies marinas, el proyecto está desarrollando la primera tecnología nacional para la producción de biomasa de pulpo a partir de células, concretamente de la especie Octopus vulgaris.
Estamos hablando de desvincular la producción de alimentos de la explotación directa de los recursos marinos. En un país con una de las mayores zonas económicas exclusivas de Europa y una relación histórica con el mar, se trata de una evolución estratégica. No se trata sólo de innovación tecnológica. Es una visión.
Cell4Food opera con un modelo B2B, desarrollando plataformas tecnológicas y propiedad intelectual para la industria agroalimentaria. El objetivo es claro: crear cadenas de valor sostenibles y resistentes alineadas con la preservación de los ecosistemas marinos. CellBlue hace realidad esta ambición trabajando desde el establecimiento de líneas celulares hasta la validación de aplicaciones alimentarias, incluyendo productos híbridos que combinan biomasa celular con matrices vegetales.
En ambos casos, hay un factor común que no puede ignorarse: el papel de COMPETE 2030. La financiación con cargo al Sistema de Incentivos a la Investigación y el Desarrollo Empresarial ha hecho posible transformar la investigación en proyectos con potencial a escala industrial. Les ha permitido realizar pruebas avanzadas, validar procesos y estructurar tecnologías de vanguardia con rigor y ambición.
Más que un apoyo público, se trata de una inversión estratégica en la soberanía tecnológica nacional. En ámbitos como la biotecnología alimentaria y azul, quienes dominen el conocimiento y la propiedad intelectual tendrán una ventaja competitiva mundial.
Portugal, a menudo considerado un mercado periférico, empieza a afirmarse como laboratorio de innovación aplicada. Ya sea a través del micelio comestible o de la producción celular de especies marinas, lo que vemos es un país que no sólo quiere consumir tendencias globales, sino también participar en su creación.
Y quizás este sea el verdadero signo de madurez. No hablamos sólo de alimentos. Hablamos de ciencia, industria, sostenibilidad y posicionamiento estratégico en un sector que definirá las próximas décadas.







